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miércoles, 12 de mayo de 2010

De cómo te cuento mi historia

Lo que te voy a contar amigo lector es la vida mía, la vida del que hasta hoy se hace conocido y del que antes no hubo registro de su existencia. Si quisiera contar los orígenes de mi venir probablemente tendría que remitirme a los seres que unieron sus cuerpos, sus almas y su amor. Pero sin la esencia de algo más remoto sería imposible alcanzar una corporeidad y espiritualidad para pisar suelo de este planeta. Y de ello me refiero a la Madre Tierra, aquella a quien nuestros antepasados adoraban y admiraban desde la salida del sol hasta la puesta de la luna.

Sin embargo las creencias foráneas me permiten dilucidar que hay un ente superior a quien se le debe la savia humana. A ese se encomendaron mis padres hace un largo tiempo para suerte de ellos, quizá no mía, de sellar la hermandad que conmigo se hacía completa. El nombre de esas personas, él, Sabino Carreño; ella, heroína de mi vida, Mónica Barajas. Y de mis congéneres fraternales sólo mencionaré que fueron los tipos más respetados durante mi niñez y que ahora son compañeros de jolgorio y desorden.


Cuando empezaba la tarde, a eso de las dos el grito de un varón se oyó en los alrededores de una habitación, que ahora sirve, en diferente modelo, de recepción del Hospital San Juan de Dios de Piedecuesta. Esto ocurrió un jueves diecinueve de noviembre de mil novescientos ochenta y siete. Las montañas, las nubes y los pitos de los autos dieron la bienvenida a éste que hoy le escribe, estimado lector. Cuando terminaron los dolores del parto de mi madre y luego de quitarme todos los fluidos que de mi cuerpo quedaban, fue preciso recibir el apoyo de un abrazo materno para hacerme sentir como uno más de este mundo. En épocas de retraso tecnológico y en vista de una no muy paupérrima vida citadina, el sexo de mi cuerpo no fue posible verse antes del parto. Sólo los vaticinios de mis padres deseaban que fuera una niña. Mas para mala fortuna de todos se vislumbró un pequeño pene, señal de que sería otro hombre.


Mi nombre, un nombre que para ellos es normal de decir, ése es el que quisiera tener si volviera a nacer. Christiam, con eme, no muy visto en contraste con otros tocayos. Y se debe a un joven cantante de música del momento. Pero que significa seguidor de Cristo, llamativo para una sociedad creyente. Sabino, el nombre de mi padre. Singular nombre. Aunque éste fue el gentilicio de un antiguo pueblo de Italia, llegué a saberlo muchos años después. Pero me gusta y no me da vergüenza llevarlo. Y los apellidos, de mi padre, Carreño y de mi madre Barajas. Ya hecho un habitante más ante la ley, el deber de mis padres era velar por mi supervivencia durante los primeros cinco años, edad de la que recuerdo cuando mis tías y mi madre me enseñaron en mi casa a leer y escribir. Así que no hubo necesidad de uno de esos centros primerizos para aprender los oficios del escritor.


Aquí es cuando empieza realmente mi vida. Aún recuerdo el primer día de escuela. No quería adherirme a la sádica idea de separarme de mi hogar por seis horas. Por eso lloré todo lo que aguanté desde mi nacimiento. Ver a mi madre alejarse de mí y encontrarme sólo frente a un portón, que más parecía las fauces de un león hambriento que devoraba a los niños uno por uno, negándose a apartarse del seno materno, era aun más terrible cada día cuando presenciaba esa escena . Dentro de ese salón de clase, lleno de pequeños enclenques y flacuchos, sólo era un perdido, un vagabundo en tierras extranjeras. Y lloraba. Pero lo que cesaba esas lágrimas era ver a mi abuelo Domingo a las tres de la tarde, todos los días, con un vaso de plástico lleno de jugo de guayaba, o mora, o naranja, no me importaba cual fruta fuera. Lo único bueno era verlo a él, a alguien conocido, que acompañando ese recipiente de zumo, con un pan que tenía un chorro de mermelada dulce dentro en el centro del pan.


“Lo que me molesta es que no me paren bolas”, fue la expresión que desató toda mi risa, improvisada y estrepitosa. Pero que de inmediato provocó un llanto vergonzoso tras la corrección fuerte de mi profesor, un tipo calvo y panzón, con un bigote espasmódico, cada vez que hablaba. De la escuela Balbino García, desprovisto de razones muy lógicas, para mis padres sí, pero no para mí, fui a parar al otro lado del pueblo, a un barrio recién construido, detrás de un montón de cachivaches y enseres que transportaba una camioneta.


Luego de buscar una escuela nueva, fui con mi madre durante cinco días a la escuela Normal de Piedecuesta, de la que fui rechazado por cada día. Sólo había un cupo en una modesta escuela, que parecía una casa grande con un solar propicio para el juego infantil. Entre risas, niñas que llamaban mi atención, profesores de quienes olvidé sus nombres, mi primer beso, remedo de un ejercicio de respiración boca a boca, y de una rectora de la cual yo era su más ubérrimo enemigo transcurrieron cuatro de mis pueriles años.


Mi vida estaría a merced ahora, empezando mis mocedades, de nuevos ideales, de nuevos chinos como compañeros, de nuevas damas a quienes mis impulsos y sentidos harían enmudecerme frente a ellas. Pero todo cambiaría cuando a mis trece años. Durante una clase de historia a cargo del profesor Pablo, empezome un dolor extremadamente agudo, en el centro de mi estómago. La experiencia de la enfermera de turno le dio total aval para comprometerse conmigo con unas pastillas de acetaminofén o algo así, ya ni lo recuerdo, pues solo se me hacía eterno ese momento. Diagnóstico de un médico de la clínica Comuneros: apendicitis con síntomas de peritonitis. Ese lunes nunca lo voy a olvidar, y menos el momento aquel en que mi padre, con sus más fuertes quejidos y sus lágrimas convencieron a los administrativos de iniciar la cirugía: “aquí solo tengo dos cientos mil pesos, por favor, le pago el resto después”. Si no es por él, mi carne hubiera sido alimento para gusanos. Esa vez ha sido de las pocas en las que he visto sollozar a mi padre. Y de las pocas en las que aprendí a menospreciar a aquellos a quienes se hacían llamar mis amigos, mis aparceros, diría el gaucho. Palabras en las que me desquito, en las que mi amor no se nota, pero son necesarias. Luego de salir de esa clínica, de esas agujas, enfrentándome a ellas les perdí el temor; de ese olor penetrante a alcohol, de la sangre que se filtraba por los conductos que del suero llegaba a mis venas, de mis compañeros de cuarto, allí fui afortunado, no di con otros niños, di con unos tipos singulares: un costeño que me hacía reír constantemente con sus locuras, pero que gritaba cuando iba al baño a tirar sus coágulos de sangre, regresé a mi casa en donde Junior, mi mascota, me recibía con sus brincos y alaridos, moviendo su cola, casi hablaba, decía mi madre.


De allí en adelante me volví inseguro frente a las demás personas, especialmente frente a las que no conocía. No era muy sociable en aquella época, empezando un nuevo milenio, y a veces me ganaba la indiferencia de mis compañeros por no hablar durante las reuniones de trabajo escolar.


Sin duda ver a Sonia era una de mis gratas esperas en el colegio, pero era sólo eso, verla, porque nunca le dirigí una palabra. Aquel día que ella lloraba en su salón, el pelao que me acompañaba me dijo socarronamente: “vaya, consuélela”. Me reí por lo que dijo, pero como era retraído, continúe mi camino, pensando qué le pudo pasar para que sollozara de esa forma. Era muy bonita, la más hermosa del colegio, pero la más inalcanzable.


El día de mi grado fue un día como los demás. A pesar del lloriqueo de mis compañeros, no me afectó dejarlos, porque sé que su comunicación no se perderá. De ese día, más que recordar que era diecisiete de diciembre de dos mil cuatro, se viene a mi mente la noche en que vi a Boca Juniors ser campeón de la copa sudamericana. En las fotografías de ese día aparecí feliz, con sonrisas, pero con una mala escritura de mi nombre en el diploma: Cristiam. Me molestó, pero, me di cuenta de la calidad de enseñanza del colegio.


Ahora, ¿qué debía hacer? Estudiar era el propósito de mi familia, todos tenían su fe depositada en lo que yo hiciera. Cuando me inscribí a la UIS para Ingeniería de Sistemas, por capricho de mi madre, no sabía de la magnitud del asunto. El día de los resultados de admisión, al ver que estuve lejos, muy lejos del último clasificado, la desesperanza entró a pensamientos de mi padre, quien me asió con su mirada y cogimos un taxi rumbo a las Unidades Tecnológicas de Santander. Cuando todo parecía finiquitado para el estudio, allí me matriculé para Tecnología en Telecomunicaciones. El cálculo, la física y los circuitos eléctricos casi me vuelven orate. Para terminar con ese manicomio lleno de niños fresas enfrenté a mi padre. Al decirle que no continuaría con esa farsa dejó de hablarme por más de una semana. Lo cual me dejó realmente entre la encrucijada de trabajar o estudiar de nuevo. Pero, ¿qué?


Todos en mi familia, excepto mi padre, sabían que me gustaban las historias, leer, la literatura. Y yo era muy bueno en español en el colegio. Él decidió darme otra oportunidad. Para entrar a la UIS sabía que el camino era muy pedregoso. Sin embargo ver las caras de mis padres cuando les dije: denle la bienvenida al nuevo estudiante de la Universidad Industrial de Santander fue lo mejor de ese día


La literatura, Gabo, Carrasquilla, Carranza, Luis Carlos López, Silva, “María”, en fin, más razones para seguir quedan divagando en las paredes y techos de la UIS. Pero al toparme con quien sería el amor después del amor, la mujer que esperaría como la historia de los siameses que buscan a su mitad perdida en el mundo, así creí en ella desde el momento en que unos vasos de limonada servirían de coartada para conquistar su dulzura y candidez, así lo llama ella. Pero eso inexplicable que faltaba para seguir viviendo desde el momento en que el mundo vio mi rostro fue hallado, y de allí parece que el río sigue su curso, sin piedras que atajen el suave circular de sus aguas, o quizá el torbellino tempestuoso que haga poner mi alma y mi razón a trabajar individualmente.