miércoles, 30 de marzo de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
Crónica hacia el norte
Todo se supone ya un viaje hacia el norte, uno de mis destinos de aquellos que día a día debo recorrer para responder a los méritos de la sociedad. Mientras recorría la autopista me abordaba la terrible inquietud de escribir una crónica, un texto de los cuales no estoy acostumbrado a acometer. Sin embargo, quise, dentro de ese bus que me transportaba, pensar en algo que me impactara. Pensé en lo que le ocurrió a una de mis antiguas vecinas, muerta en una de las autopistas del oriente del país. Sentía que debía escribir sobre ello, pero mi memoria era muy vaga, y ante la información que me fue dada la noche anterior de aquel suceso, no lograba recordar siquiera el rostro de la mujer. Entonces, desistí en redactarla.
Luego de varios kilómetros seguía en la lucha de mi memoria y la nueva tarea que me era encomendada. Mas nada resultaba en el acto. Eché un vistazo al bus, sus asientos guardaban una historia en particular, desde los primeros hasta los últimos, pero ahí todos parecíamos como troncos que el aire rudo mueve constantemente sus ramas. Siempre quise escribir algo sobre una mujer que se llamara Constanza, ese nombre me había gustado meses atrás, y ya lo había usado Cervantes, lo que incrementaba mi deseo. Y comencé a pensar de nuevo. Pero ni rastro de algo interesante. Hasta que llegando a la capital, por aquella autopista, abordó el bus una mujer regordeta, cuyo vientre prominente sobresalía de su cuerpo. La estable registradora no le toleraba aquel estomago de paloma. Por ende tuvo que poner su cuerpo sobre la punta de sus pies y tratar de pasar el frío aparato contador de personas. Se hizo llamar Constanza. Yo quedé pétreamente quieto en mi asiento, en la última hilera que soporta casi seis personas. Ese nombre era el que estaba pensando, y empezó su perorata de esta manera:
─ “Buenos días damas y caballeros, me disculpan si les vengo a incomodar uno o dos minutos de su apreciado tiempo”.
Esa frase de inicio de estos personajes siempre me ha causado risa. No por su contenido. Sino por su musicalidad. Mientras hablaba, con su mano derecha sacaba de un pequeño bolso asido a su cintura, unas manillas, según ella hechas por artesanos familiares suyos. Las repartió, mientras el bus aceleraba y frenaba constantemente, a cada uno de los pasajeros que viajábamos hacia el norte. Cuando terminó de entregarlas todas, se trasladó hacia la parte delantera del bus y siguió con su declaración:
─ “Miren damas y caballeros, como lo ven en estos momentos me encuentro en un estado del cual tengo que dedicar la mayor parte del tiempo en conseguir dinero para el futuro de mi bebé, ya que soy madre soltera y no tengo un apoyo económico que me deje quedarme en casa. Por eso, damas y caballeros, debo subirme a este tipo de transporte, todos los días, ofreciendo estas manillas o pulseras, para ganar mi sustento diario. Estas pulseras no tienen ningún costo, por lo que verdaderamente necesito de su apoyo”.
No sé por qué fijé mi atención en ella, tal vez por su nombre. Nunca acostumbro a prestarles atención. Pero ella, a diferencia de todos, no sacó de esas carpetas cafés que contienen muchas hojas de hospitales que no son de aquí y no conozco. Ni se molestó en mostrar de su cuerpo esas heridas que sólo causan desazón. Sólo quería que compraran sus manillas, y le dieran un futuro a su bebé, como ella decía.
─ “Cualquier monedita que Dios ponga en su corazón será bienvenida”─ dijo, mientras todos inexplicablemente sacaban de sus bolsillos monedas de todas las denominaciones. No sé si fue el tono lastimero que usó. Ella arqueaba sus cejas hacia arriba, y tomaba aire cada vez que quería hablar. En mí pasó algo extraño. Fue al ver a todos listos con sus dádivas para ofrecer a Constanza, quien agarrándose como podía, iba de asiento en asiento para obtener lo del día. Lentamente llegaba a mí, y en la hilera horizontal de seis pasajeros empezó de derecha a izquierda, según mi posición. Cuando llegaba a mi asiento, el sujeto del lado derecho dio un billete de mil pesos y devolvió la pequeña pulsera. Nadie se atrevió a quedarse con ella, y por mi mente pasó el deseo de llevarla a alguien que me estaba esperando. Ahora sé que me impulsó a dar dinero, ella fue uno con nosotros en aquel bus, y era diferente a los demás. Su preñez le daba algo más, no me sentí mal de darle algo. Ofrecí tres monedas. Fui el último y a su vez regresé esa pulsera, que tenía uno soles con rostros y algunas florecillas de colores.
Con un ¡gracias! que dio fuertemente para que hasta el conductor escuchara, oprimió el botón para anunciar su parada. Su gran vientre le molestaba para moverse en el bus, y al frenar este mismo, descendió del bus para aguardar en una venta de frutas y esperar otro bus al cual ofrecer su soledad, sus deseos y sus cuitas. El bus continúo su camino, y de repente recordé en qué estaba pensando ocho minutos antes de que Constanza abordara el bus. Pensé en cómo podría escribir esa crónica y sobre qué escribiría. Seguí cavilando hasta llegar a mi último destino, hasta llegar al norte, y continúe mi tarea de seguir pensando en esa crónica.
Luego de varios kilómetros seguía en la lucha de mi memoria y la nueva tarea que me era encomendada. Mas nada resultaba en el acto. Eché un vistazo al bus, sus asientos guardaban una historia en particular, desde los primeros hasta los últimos, pero ahí todos parecíamos como troncos que el aire rudo mueve constantemente sus ramas. Siempre quise escribir algo sobre una mujer que se llamara Constanza, ese nombre me había gustado meses atrás, y ya lo había usado Cervantes, lo que incrementaba mi deseo. Y comencé a pensar de nuevo. Pero ni rastro de algo interesante. Hasta que llegando a la capital, por aquella autopista, abordó el bus una mujer regordeta, cuyo vientre prominente sobresalía de su cuerpo. La estable registradora no le toleraba aquel estomago de paloma. Por ende tuvo que poner su cuerpo sobre la punta de sus pies y tratar de pasar el frío aparato contador de personas. Se hizo llamar Constanza. Yo quedé pétreamente quieto en mi asiento, en la última hilera que soporta casi seis personas. Ese nombre era el que estaba pensando, y empezó su perorata de esta manera:
─ “Buenos días damas y caballeros, me disculpan si les vengo a incomodar uno o dos minutos de su apreciado tiempo”.
Esa frase de inicio de estos personajes siempre me ha causado risa. No por su contenido. Sino por su musicalidad. Mientras hablaba, con su mano derecha sacaba de un pequeño bolso asido a su cintura, unas manillas, según ella hechas por artesanos familiares suyos. Las repartió, mientras el bus aceleraba y frenaba constantemente, a cada uno de los pasajeros que viajábamos hacia el norte. Cuando terminó de entregarlas todas, se trasladó hacia la parte delantera del bus y siguió con su declaración:
─ “Miren damas y caballeros, como lo ven en estos momentos me encuentro en un estado del cual tengo que dedicar la mayor parte del tiempo en conseguir dinero para el futuro de mi bebé, ya que soy madre soltera y no tengo un apoyo económico que me deje quedarme en casa. Por eso, damas y caballeros, debo subirme a este tipo de transporte, todos los días, ofreciendo estas manillas o pulseras, para ganar mi sustento diario. Estas pulseras no tienen ningún costo, por lo que verdaderamente necesito de su apoyo”.
No sé por qué fijé mi atención en ella, tal vez por su nombre. Nunca acostumbro a prestarles atención. Pero ella, a diferencia de todos, no sacó de esas carpetas cafés que contienen muchas hojas de hospitales que no son de aquí y no conozco. Ni se molestó en mostrar de su cuerpo esas heridas que sólo causan desazón. Sólo quería que compraran sus manillas, y le dieran un futuro a su bebé, como ella decía.
─ “Cualquier monedita que Dios ponga en su corazón será bienvenida”─ dijo, mientras todos inexplicablemente sacaban de sus bolsillos monedas de todas las denominaciones. No sé si fue el tono lastimero que usó. Ella arqueaba sus cejas hacia arriba, y tomaba aire cada vez que quería hablar. En mí pasó algo extraño. Fue al ver a todos listos con sus dádivas para ofrecer a Constanza, quien agarrándose como podía, iba de asiento en asiento para obtener lo del día. Lentamente llegaba a mí, y en la hilera horizontal de seis pasajeros empezó de derecha a izquierda, según mi posición. Cuando llegaba a mi asiento, el sujeto del lado derecho dio un billete de mil pesos y devolvió la pequeña pulsera. Nadie se atrevió a quedarse con ella, y por mi mente pasó el deseo de llevarla a alguien que me estaba esperando. Ahora sé que me impulsó a dar dinero, ella fue uno con nosotros en aquel bus, y era diferente a los demás. Su preñez le daba algo más, no me sentí mal de darle algo. Ofrecí tres monedas. Fui el último y a su vez regresé esa pulsera, que tenía uno soles con rostros y algunas florecillas de colores.
Con un ¡gracias! que dio fuertemente para que hasta el conductor escuchara, oprimió el botón para anunciar su parada. Su gran vientre le molestaba para moverse en el bus, y al frenar este mismo, descendió del bus para aguardar en una venta de frutas y esperar otro bus al cual ofrecer su soledad, sus deseos y sus cuitas. El bus continúo su camino, y de repente recordé en qué estaba pensando ocho minutos antes de que Constanza abordara el bus. Pensé en cómo podría escribir esa crónica y sobre qué escribiría. Seguí cavilando hasta llegar a mi último destino, hasta llegar al norte, y continúe mi tarea de seguir pensando en esa crónica.
I
Mientras los perros ladraban y la lluvia golpeaba en nuestras almas.
Mientras el sol adoraba tu cintura de luz miraba caer las gotas del universo en tus ojos.
Mientras hallábamos en la tierra hojas secas y las piedras corrían tras la muerte del pasado.
Mientras las nubes recorrían sobre tu pelo exhumaba vivir en tus labios.
Mientras el llanto de Dios nos aprisionaba y el calor de la tierra nos quemaba.
Mientras las luces profundas despedían su olor a ti osaba matar la soledad incólume de tu ayer.
¡Ay! Pasan y pasan los días, y mientras más, te haces mía; mientras más me hago tu agua; mientras más, soy tu beso y tú la reina del país infinito. Seremos uno y todos los días, seremos uno y todos los años, seremos uno y todos los seres.
Un años más te pido, mi morena vivaz, y otro demandaré en tus labios. Quiero ser infinito en tus besos, quiero ser infinito en los días de tu universo.
Mientras el sol adoraba tu cintura de luz miraba caer las gotas del universo en tus ojos.
Mientras hallábamos en la tierra hojas secas y las piedras corrían tras la muerte del pasado.
Mientras las nubes recorrían sobre tu pelo exhumaba vivir en tus labios.
Mientras el llanto de Dios nos aprisionaba y el calor de la tierra nos quemaba.
Mientras las luces profundas despedían su olor a ti osaba matar la soledad incólume de tu ayer.
¡Ay! Pasan y pasan los días, y mientras más, te haces mía; mientras más me hago tu agua; mientras más, soy tu beso y tú la reina del país infinito. Seremos uno y todos los días, seremos uno y todos los años, seremos uno y todos los seres.
Un años más te pido, mi morena vivaz, y otro demandaré en tus labios. Quiero ser infinito en tus besos, quiero ser infinito en los días de tu universo.
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